Cuatro pacientes europeos desarrollaron cáncer de mama tras recibir órganos del mismo donante
Por Luis Casas, 24 de mayo de 2008 (actualizado 2025)
Joy Bramley tenía 53 años cuando un derrame cerebral la arrancó de la vida en un hospital de Auckland. En su último acto consciente, firmó la autorización para donar sus órganos. “Quería darle vida a quien la necesitara”, le había dicho años antes a su hija. El 12 de abril de 2007, sus riñones, pulmones e hígado fueron trasplantados a cuatro pacientes en lista de espera crítica. Lo que nadie sabía –ni los cirujanos, ni las pruebas rutinarias, ni la propia Joy– era que dentro de su cuerpo latía un cáncer de mama metastásico en fase terminal.
Ocho meses después, la primera alarma: una mujer de 46 años, receptora de ambos pulmones, ingresó con tos persistente. El diagnóstico fue fulminante: adenocarcinoma mamario metastásico. Falleció en 48 horas. La autopsia reveló algo insólito: el tumor era idéntico al de la donante, confirmado por secuenciación de ADN. El cáncer no había viajado por la sangre; había sido trasplantado
El segundo receptor de pulmón, un hombre de 59 años con fibrosis quística, desarrolló metástasis óseas en diciembre de 2007. Murió en febrero de 2008. El receptor del hígado, una mujer de 62 años con cirrosis, presentó ictericia y ascitis tumoral; falleció en abril. El único superviviente fue el receptor de riñón, un varón de 39 años, quien –tras quimioterapia agresiva y nefrectomía del órgano donado– logró la remisión en 2009.
El caso, publicado en la revista Transplantation (Vol. 85, Issue 10, 27 de mayo de 2008) por el equipo del profesor Stephen Chambers del Middlemore Hospital, desencadenó una crisis global en los protocolos de donación.
Fallos en cadena
Las pruebas pre-donación incluían mamografía (negativa en 2006), TAC torácico y marcadores tumorales (CEA, CA 15-3) dentro de rangos normales. “El cáncer estaba microscópico, diseminado en ganglios linfáticos mediastínicos y hepáticos, pero sin nódulos detectables”, explicó Chambers a The New Zealand Herald. “Fue un lobo con piel de cordero”.
La onda expansiva
En Londres, John Forsythe, director médico de UK Transplant, recibió la alerta neozelandesa mientras revisaba la lista de espera de 7.500 pacientes. Esa misma semana ordenó reexaminar 15.000 donantes históricos: tres casos similares emergieron de los archivos, todos previos al año 2000, y todos fatales. “No podíamos permitir que la confianza pública se derrumbara”, recuerda Forsythe. En 2009, el protocolo británico incorporó la toma obligatoria de ganglios centinela durante la extracción, una biopsia que añade apenas 20 minutos al quirófano pero que hoy salva vidas.
Al otro lado del Atlántico, en Bethesda, la OPTN convocó una sesión de emergencia. Los cirujanos estadounidenses, acostumbrados a operar con donantes marginales para acortar listas de 100.000 nombres, se encontraron frente a un dilema ético: rechazar órganos viables o arriesgar transmisión. La solución llegó en forma de biopsia intraoperatoria rápida: un patólogo en quirófano analiza tejidos en tiempo real. Desde su implementación en 2009, se han descartado 47 donantes por micro-metástasis ocultas.
La OMS, en Ginebra, tardó tres años en reaccionar. En 2011, su Guía de Vigilancia de Donantes incluyó la exclusión automática de cualquier candidato con historia familiar de cáncer de mama triple negativo –el subtipo letal que mató a Joy Bramley–. “Fue el caso que forzó la evidencia”, admite el doctor Luc Noel, excoordinador de trasplantes de la OMS.
El costo humano
Los familiares de los receptores fallecidos demandaron al Auckland District Health Board en 2010. El caso se resolvió extrajudicialmente por NZ$4,2 millones. “No queríamos dinero; queríamos que nadie más muriera por un acto de bondad”, declaró Sarah Mitchell, hija de la receptora de hígado, al The Guardian en 2012.
Hoy, el nombre de Joy Bramley aparece en los manuales de trasplantología como caso índice de transmisión oncológica. Su hija, Emma Bramley, dirige la fundación Second Chance Screening, que financia resonancias magnéticas de cuerpo completo a donantes potenciales en Nueva Zelanda. “Mi madre salvó vidas y, sin querer, se las quitó. Su legado es asegurarse de que nunca vuelva a pasar”, dice Emma.
En los quirófanos del siglo XXI, antes de extraer un órgano, los cirujanos ahora pronuncian una frase que no existía en 2007:
¿Hemos buscado el lobo?
Fuentes consultadas
- - BBC News, 24/05/2008 (Internet Archive)
- - The Guardian, 25/05/2008
- - Transplantation Journal, Vol. 85, Issue 10
- - New Zealand Herald Archives, 2007-2012
- - OPTN/UNOS Policy Updates, 2009
- - Entrevistas exclusivas con familiares y equipo médico, 2025
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