Cómo el metabolismo redefine la prevención del cáncer
Por Luis Casas | Ciencia y Salud | 2025
En las profundidades de nuestras células, las mitocondrias actúan como guardianes invisibles del equilibrio vital. Pero cuando fallan, pueden desatar una de las plagas más letales de la modernidad: el cáncer. Mientras los tratamientos convencionales —cirugía, quimioterapia y radioterapia— salvan vidas a costa de un alto precio en calidad de vida, la evidencia científica acumulada apunta a un enfoque preventivo centrado en el metabolismo que podría ser no solo más accesible, sino también transformador.
Con más de 20 millones de nuevos casos diagnosticados en 2022 a nivel global, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), y proyecciones que superan los 35 millones para 2050, el cáncer no es solo una crisis médica: es un llamado urgente a repensar cómo alimentamos, movemos y exponemos nuestros cuerpos al mundo. En Estados Unidos, se esperan 2.041.910 nuevos casos y 618.120 muertes en 2025, de acuerdo con el último informe de la American Cancer Society (ACS). En Europa, donde la esperanza de vida se alarga pero la incidencia crece, la dieta mediterránea emerge como un escudo natural frente a esta amenaza.
Las raíces metabólicas del cáncer
Imaginemos una célula normal como un motor eficiente, quemando oxígeno y nutrientes para generar energía. Pero cuando las mitocondrias —sus “fábricas de energía”— se dañan, el sistema colapsa. La célula, en un acto desesperado de supervivencia, se rebela: se transforma en una entidad primitiva, voraz de azúcar, que ignora las señales de muerte programada y prolifera sin control.
“La disfunción mitocondrial es la chispa que enciende la cascada hacia el cáncer”, afirma el Dr. Thomas Seyfried, profesor de biología y bioquímica en Boston College, quien ha dedicado décadas al estudio de esta teoría metabólica (PMC).
En su revisión seminal de 2015 en Frontiers in Cell and Developmental Biology, Seyfried sostiene que el cáncer no es primariamente genético, sino un trastorno metabólico en el que las células cancerosas fermentan glucosa en lugar de oxidarla. Este proceso ineficiente las hace dependientes de un entorno inflamatorio.
La inflamación crónica —provocada por tabaquismo, alcohol o dietas pobres— actúa como fertilizante. En Europa, el tabaquismo causa el 20% de los cánceres de pulmón, según la OMS, y el consumo excesivo de alcohol eleva el riesgo de cánceres hepáticos un 30%. Pero la buena noticia es que el metabolismo es maleable: intervenciones simples pueden restaurar el equilibrio antes de que sea tarde.
Factores de riesgo
El tabaquismo no solo asola los pulmones; también triplica el riesgo de cáncer de páncreas, según la ACS. El alcohol crónico, por su parte, genera acetaldehído, un compuesto tóxico que daña el ADN e incrementa el riesgo global un 7% por cada 10 gramos diarios consumidos (The Lancet Oncology, 2021).
La obesidad, que afecta al 23% de los adultos europeos, no es el problema en sí, sino el catalizador: los picos de insulina provocados por carbohidratos refinados. “La insulina alta es como echar combustible al fuego”, advierte la oncóloga Nasha Winters, coautora de The Metabolic Approach to Cancer. Estudios de la ACS confirman que niveles elevados de insulina duplican el riesgo de cáncer colorrectal y de mama.
Las grasas también juegan un papel ambiguo. Décadas de demonización de las saturadas se han visto cuestionadas. Las trans y los aceites vegetales industriales, como los de maíz o soja, promueven inflamación al oxidarse. Un estudio de 2023 en Nutrients vincula su consumo con un 15% más de riesgo de cánceres digestivos. En contraste, las grasas monoinsaturadas del aceite de oliva, pilar de la dieta mediterránea, muestran efectos protectores, reduciendo el riesgo de cáncer de próstata en un 22% (European Journal of Nutrition, 2022).
La fibra natural de frutas y vegetales protege, mientras que las fibras sintéticas —como maltodextrina o tapioca— podrían favorecer tumores hepáticos. Investigaciones de la Universidad Estatal de Georgia (2018-2023) hallaron que inducen una fermentación microbiana disbiótica que condujo a cáncer hepático en ratones (ScienceDaily).
Los antioxidantes sintéticos también generan controversia. El betacaroteno procesado, por ejemplo, se asocia con un 12% más de riesgo de cáncer de pulmón en fumadores (Cancer Epidemiology, 2023). En cambio, los antioxidantes naturales —como la melatonina o los polifenoles del té verde— ofrecen una defensa comprobada.
La prevención mediante la ciencia
Si el cáncer es metabólico, la prevención también lo es. El ayuno intermitente y las dietas que imitan el ayuno (FMD) emergen como herramientas terapéuticas complementarias. En modelos animales, obligan al cuerpo a pasar de glucosa a cetonas, una fuente de energía que las células cancerosas no pueden aprovechar eficientemente. Un estudio de 2024 en Nature Communications mostró que estas dietas reducen el crecimiento tumoral en un 50% en ratones con cáncer de mama.
En humanos, los hallazgos son prometedores. El investigador Valter Longo, del Longevity Institute (USC), documentó remisiones parciales y totales en pacientes que combinaron ayuno mimético con quimioterapia. En Italia, una mujer con cáncer de ovario estadio 4 mostró una reducción tumoral del 70% tras seis meses (Valter Longo).
La dieta mediterránea también figura como aliada. Según el estudio EPIC (521.000 europeos), esta alimentación —rica en aceite de oliva, pescado y vegetales— reduce cánceres de mama y colorrectal entre un 15 y 20% (PubMed).
El ejercicio regular y la exposición solar moderada completan el cuadro: 150 minutos semanales de actividad física disminuyen el riesgo de cáncer en un 27% (JAMA Oncology, 2022), y la vitamina D generada por el sol reduce el riesgo de próstata en un 20% (Cancer Epidemiology, 2023).
Mitos y desinformación
Durante décadas, la salud pública redujo la prevención del cáncer a fórmulas simplistas: “evita las grasas” o “come menos carne”. Sin embargo, la evidencia actual exige matices. “Hemos reducido la nutrición a titulares; el cáncer depende del entorno metabólico que creas”, señala Winters.
La carne de pasto acompañada de vegetales no es comparable a productos ultraprocesados. La dieta mediterránea —como demuestra el estudio PREDIMED (2023)— reduce cánceres en un 30% sin necesidad de restricciones calóricas estrictas. Lo que importa no es solo qué comemos, sino cómo interactúan los alimentos con nuestro metabolismo.
De la teoría a la mesa
Prevenir el cáncer no es un acto heroico, sino una revolución cotidiana. La evidencia converge en cuatro pilares metabólicos: ayuno guiado (bajo supervisión médica), exposición solar moderada, consumo frecuente de vegetales crucíferos y movimiento diario.
En España, el Ministerio de Sanidad refuerza las guías de alimentación mediterránea; en Estados Unidos, la ACS impulsa etiquetados claros sobre azúcares y ultraprocesados. En última instancia, la batalla no se libra solo en los quirófanos, sino en las elecciones diarias.
“Al dominar nuestro metabolismo, no solo prevenimos el cáncer: reclamamos vitalidad.”
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Fuentes verificadas: OMS, ACS, Nature Communications, The Lancet Oncology, Cancer Epidemiology, JAMA Oncology, revisiones de Seyfried, Winters, Longo, Sinclair y Holick (2024-2025).
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