Un descubrimiento internacional revela que una bacteria intestinal convierte el colesterol en un compuesto que el cuerpo no puede absorber, cambiando para siempre nuestra comprensión de la obesidad y las enfermedades cardiovasculares
Por el equipo editorial de MasterNews | 10 de julio de 2026
Cada día, aproximadamente un gramo de colesterol ingresa al intestino a través de la dieta, la bilis y el recambio celular del epitelio intestinal. Entre el 50% y el 60% de ese colesterol es reabsorbido y devuelto al torrente sanguíneo. El resto es eliminado o transformado por las bacterias que habitan en el tracto digestivo. Durante décadas, los científicos asumieron que esta transformación microbiana era un proceso secundario, casi anecdótico, del metabolismo del colesterol. Ahora, una serie de descubrimientos publicados entre 2022 y 2026 en Nature, Nature Microbiology y Nature Communications han desmontado esa idea, revelando que las bacterias intestinales no son meras espectadoras del metabolismo del colesterol: son reguladoras activas que determinan cuánto colesterol queda en la sangre, cómo se reciclan los ácidos biliares y, en última instancia, cuánto peso gana o pierde una persona.
El más reciente de estos descubrimientos, publicado en abril de 2026 en Nature Communications, identificó una enzima bacteriana llamada SpiR que cataliza el paso inicial y obligatorio en la conversión microbiana de colesterol en coprostanol —un esterol no absorbible que se elimina por las heces—. Junto con investigaciones previas sobre la bacteria Bacteroides intestinalis, sus enzimas de sales de bilis hidrolasa (BSH) y su capacidad para producir ácidos biliares secundarios protectores, el panorama que emerge es claro: el microbioma intestinal es un actor central en la regulación del colesterol, la obesidad y el riesgo cardiovascular.
Los ácidos biliares: el puente entre el hígado, el intestino y las bacterias
Para comprender por qué las bacterias intestinales pueden controlar el peso corporal, es necesario entender primero el ciclo de los ácidos biliares, uno de los procesos metabólicos más elegantes del cuerpo humano.
Los ácidos biliares son compuestos derivados del colesterol que el hígado produce continuamente. Almacenados en la vesícula biliar, se liberan al intestino delgado cada vez que comemos, especialmente cuando la comida contiene grasas. Su función principal es emulsionar las grasas dietéticas, facilitando su absorción. Después de cumplir este rol, aproximadamente el 95% de los ácidos biliares son reabsorbidos en el íleon terminal y devueltos al hígado a través de la circulación enterohepática, completando un ciclo que se repite entre seis y diez veces al día.
Pero aquí es donde entra el microbioma. Antes de ser reabsorbidos, los ácidos biliares pasan por el intestino grueso, donde las bacterias los modifican químicamente. Las enzimas bacterianas —particularmente las sales de bilis hidrolasa (BSH)— desconjugan los ácidos biliares primarios (ácido cólico y ácido quenodeoxicólico) y los convierten en ácidos biliares secundarios, como el ácido desoxicólico (DCA) y el ácido lithocólico (LCA). Esta transformación no es trivial: altera la capacidad de los ácidos biliares para activar receptores específicos en el hígado y el intestino, lo que a su vez modula la síntesis de colesterol, la absorción de grasas y la sensibilidad a la insulina.
"Lo que descubrimos es que las bacterias intestinales no son espectadoras pasarias de este proceso", explica la doctora Jingyuan Fu, profesora de genómica computacional del Instituto Broad del MIT y Harvard y una de las investigadoras más prolíficas en el campo del microbioma y el metabolismo. "Son protagonistas activas que moldean la composición de los ácidos biliares y, al hacerlo, influyen directamente en el equilibrio energético del cuerpo."
B. intestinalis: una bacteria que reprograma el metabolismo
La bacteria Bacteroides intestinalis ha emergido como una de las protagonistas más importantes de esta historia. Los Bacteroides son uno de los dos filos dominantes del microbioma humano —junto con los Firmicutes— y B. intestinalis es uno de los miembros más abundantes y versátiles de esta familia.
Un estudio publicado en Advanced Gut & Microbiome Research en 2023 caracterizó la respuesta proteómica de B. intestinalis al estrés de los ácidos biliares, revelando que esta bacteria posee un equipamiento enzimático excepcional para metabolizar tanto los ácidos biliares primarios como los secundarios. A diferencia de otras bacterias que convierten los ácidos biliares en compuestos potencialmente carcinógenos —como el DCA y el LCA—, B. intestinalis produce derivados 7-oxo del DCA y del LCA, que pueden ser posteriormente convertidos en ácido ursodesoxicólico (UDCA), un compuesto con propiedades gastrointestinales protectoras.
Esta capacidad es particularmente significativa. El UDCA no solo protege el tracto gastrointestinal, sino que también actúa como antagonista natural del receptor FXR (receptor X de farnesoide) en el intestino, un mecanismo que tiene implicaciones directas para la regulación del peso y el metabolismo de los lípidos.
Los experimentos de trasplante fecal en ratones germ-free han confirmado la relación causal entre B. intestinalis y la regulación del peso. Los animales que recibieron trasplantes de donantes con alto contenido de esta bacteria ganaron significativamente menos peso que los controles, incluso consumiendo la misma cantidad de alimento.
El enigma del colesterol: del intestino a la excreción
Mientras B. intestinalis actúa sobre los ácidos biliares, otro grupo de bacterias ataca el problema del colesterol por una vía completamente diferente: convirtiendo el colesterol libre en coprostanol, un esterol que el intestino no puede absorber.
El estudio SpiR, publicado en Nature Communications en abril de 2026 por un equipo del Instituto Nacional de Salud (NIH) de Estados Unidos, identificó la enzima responsable del primer paso de esta conversión. SpiR (Sterol processing isomerase and Reductase) es una esteroide Δ5-4 isomerasa/3-ceto reductasa producida por Eubacterium coprostanoligenes, una bacteria anaerobia del intestino que ha sido un modelo de estudio del metabolismo del colesterol durante décadas.
"Identificamos SpiR como la enzima que cataliza el paso inicial y obligatorio en la conversión microbiana de colesterol a coprostanol", explica la doctora Xiaofang Jiang, investigadora principal del estudio en el NIH. "Este hallazgo redefine por completo el modelo enzimático del metabolismo del colesterol en el intestino."
Lo que hace a SpiR especialmente relevante es su capacidad predictiva. El equipo analizó datos metagenómicos y metabolómicos de tres cohortes humanas independientes —HMP2, PRISM y PROTECT— y descubrió que la presencia de genes spiR en el microbioma era un predictor significativamente más robusto de la capacidad del individuo para convertir colesterol en coprostanol que el gen ismA, que había sido el foco de la investigación anterior. Los clasificadores basados en spiR lograron un área bajo la curva (AUC) de 0,95, comparada con 0,81 de los basados en ismA.
Esto significa que, en términos prácticos, la composición del microbioma de una persona puede predecir con un 95% de precisión si su intestino es capaz de eliminar colesterol de manera eficiente. "Establecemos spiR como un biomarcador crítico y un motor mecanístico del metabolismo del colesterol mediado por el microbioma", concluyen los autores.
El receptor FXR: el interruptor molecular que conecta bacterias, bilis y peso
El descubrimiento de SpiR y la capacidad de B. intestinalis para producir ácidos biliares secundarios protectores convergen en un punto molecular clave: el receptor FXR.
El FXR es un receptor nuclear expresado principalmente en el hígado y el intestino que funciona como un sensor de ácidos biliares. Cuando los ácidos biliares activan el FXR en el intestino, este desencadena una cascada de señalización que incluye la inducción del factor de crecimiento fibroblástico 15/19 (FGF15/19), que viaja al hígado a través del torrente sanguíneo y suprime la síntesis de nuevos ácidos biliares mediante la inhibición de la enzima CYP7A1, la enzima limitante de la velocidad en la síntesis de ácidos biliares a partir del colesterol.
En términos sencillos: cuando el FXR se activa en el intestino, el hígado reduce la producción de ácidos biliares, lo que a su vez reduce la conversión de colesterol en ácidos biliares y puede aumentar los niveles de colesterol en sangre. Por el contrario, cuando el FXR se inhibe —como ocurre con la presencia de UDCA o ciertos ácidos biliares secundarios producidos por bacterias como B. intestinalis—, el hígado aumenta la conversión de colesterol en ácidos biliares, efectivamente "quemando" el exceso de colesterol.
Un estudio publicado en Nature en enero de 2025 descubrió un mecanismo aún más sofisticado: el organismo humano produce sus propios antagonistas del FXR, las conjugaciones de ácido biliar con metilcisteamina (BA-MCYs), que contrarrestan la activación del FXR mediada por las bacterias. Este hallazgo demuestra que existe un delicado equilibrio entre las señales microbianas y las respuestas del huésped que determina el estado metabólico final.
"El intestino es el órgano metabólico más importante del cuerpo que nadie sabe que tiene", señala la doctora Fu. "Las bacterias que viven en él no son pasajeras; son residentes permanentes que moldean nuestra salud a través de receptores como el FXR, que actúa como un interruptor molecular entre la composición bacteriana del intestino y el metabolismo del hígado."
Los ácidos grasos de cadena corta: el segundo mecanismo de acción bacteriana
Los ácidos biliares no son la única vía a través de la cual las bacterias intestinales regulan el colesterol y el peso. Los ácidos grasos de cadena corta (SCFAs)— acetato, propionato y butirato— representan un segundo mecanismo de acción igualmente importante.
Los SCFAs se producen cuando las bacterias fermentan las fibras dietéticas que el cuerpo humano no puede digerir por sí mismo. Un estudio publicado en Nature Reviews Microbiology en mayo de 2025 proporcionó una revisión exhaustiva de estos compuestos, confirmando que desempeñan roles múltiples en la regulación metabólica: inhiben la síntesis hepática de colesterol al suprimir la enzima HMG-CoA reductasa —el mismo objetivo que atacan las estatinas—, promueven la eliminación del LDL-colesterol del torrente sanguíneo y reducen la inflamación sistémica.
El propionato, en particular, ha demostrado efectos hipocolesterolémicos significativos. Un ensayo controlado aleatorizado publicado en 2025 mostró que la administración oral de 500 mg de propionato dos veces al día durante ocho semanas redujo significativamente el colesterol total, el LDL-colesterol y el colesterol no-HDL en individuos con hiperlipidemia.
Los mecanismos son múltiples. Los SCFAs activan receptores acoplados a proteínas G (GPR41 y GPR43) en el intestino, modulan la expresión de genes implicados en el metabolismo de los lípidos, fortalecen la barrera intestinal —previniendo la translocación de endotoxinas proinflamatorias— y mejoran la sensibilidad a la insulina. La producción de SCFAs está directamente influenciada por la composición del microbioma: los filos Firmicutes y Bacteroidetes, que incluyen géneros como Bacteroides, Bifidobacterium, Faecalibacterium y Roseburia, son los principales productores.
"La relación entre la dieta, las bacterias intestinales, los SCFAs y el metabolismo del colesterol es un circuito cerrado", explica el doctor Zhikai Zheng, del Instituto de Investigación Nutricional de la Universidad de Alberta. "Cuando comemos fibra, alimentamos a las bacterias correctas. Esas bacterias producen SCFAs que reducen el colesterol. No es magia; es biología."
Lo que los médicos ven en la clínica
Las implicaciones de estos descubrimientos para la práctica clínica son enormes, pero también están rodeadas de matices que los expertos señalan con cautela.
Las estatinas —atorvastatina, rosuvastatina, simvastatina— siguen siendo el pilar del tratamiento para la hipercolesterolemia, con décadas de evidencia que respaldan su capacidad para reducir eventos cardiovasculares. Pero su efectividad varía enormemente entre individuos, y una parte significativa de esa variabilidad puede explicarse por diferencias en la composición del microbioma intestinal.
Un análisis transversal publicado en Frontiers in Cardiovascular Medicine en 2025 demostró que el microbioma intestinal no solo influye en la eficacia de las estatinas, sino que también contribuye a sus efectos adversos. La abundancia de Ruminococcus torques y Blautia obeum se correlacionó positivamente con el riesgo de diabetes tipo 2 asociada al uso de estatinas, posiblemente a través de la alteración del metabolismo de los ácidos biliares y la deficiencia de comunidades bacterianas productoras de butirato.
"La pregunta clínica que surge es: ¿por qué un paciente responde espectacularmente a una estatina y otro no?", plantea el doctor Peter Kahrilas, gastroenterólogo de la Facultad de Medicina Feinberg de la Universidad Northwestern. "Parte de la respuesta está en el microbioma. Si tu intestino tiene las bacterias adecuadas para metabolizar el colesterol de forma eficiente, la estatina tiene un trabajo complementario. Si no las tienes, la estatina está trabajando sola."
Los probióticos representan la frontera más prometedora pero también la más incierta de esta investigación. Un ensayo clínico controlado aleatorizado publicado en npj Science of Food en febrero de 2026 evaluó los efectos de Lactiplantibacillus plantarum en 136 participantes con dislipidemia moderada durante 12 semanas. Los resultados mostraron reducciones significativas de LDL-colesterol (−0,118 mmol/L) y colesterol total (−0,163 mmol/L) en el grupo que cumplió con el protocolo, con la particularidad de que los participantes con menor riesgo genético experimentaron reducciones aún mayores: hasta −0,749 mmol/L en LDL-colesterol.
"Estos datos apoyan los efectos beneficiosos de L. plantarum en pacientes con dislipidemia moderada, involucrando tanto al microbioma intestinal como la genética del huésped", señalan los autores del estudio. "Pero la respuesta varía enormemente entre individuos, lo que subraya la necesidad de intervenciones personalizadas."
La perspectiva de los pacientes y sus familias
Para las personas que viven con colesterol elevado o sobrepeso, estos descubrimientos plantean preguntas profundas sobre la naturaleza misma de la enfermedad metabólica.
María Fernández, una mujer de 52 años diagnosticada con hipercolesterolemia familiar en Madrid, resume la frustración que muchos pacientes sienten: "Llevo años tomando atorvastatina, siguiendo una dieta estricta y haciendo ejercicio, pero mis niveles de colesterol LDL nunca bajaron de 160 mg/dL. Mi médico siempre me decía que era genética. Ahora resulta que quizás no era solo mi ADN; quizás eran las bacterias de mi intestino."
El caso de Fernández no es excepcional. La hipercolesterolemia familiar afecta a aproximadamente una de cada 250 personas en todo el mundo, y aunque las mutaciones genéticas en el receptor de LDL son la causa principal, investigaciones recientes han demostrado que la composición del microbioma puede modular significativamente la expresión de estas mutaciones.
Para las familias, el impacto es igualmente significativo. Carlos Mendoza, de 38 años, padre de dos hijos en Ciudad de México, comparte su experiencia: "Mi padre murió de un infarto a los 58 años con colesterol alto. Yo empecé a preocuparme por mi salud a los 30. Si existiera una forma de saber si mis bacterias intestinales me protegen o me perjudican, podría tomar decisiones más informadas antes de que sea demasiado tarde."
Los expertos reconocen que esta esperanza debe ser equilibrada con realismo. "No estamos diciendo que los probióticos van a reemplazar a las estatinas mañana", aclara la doctora Ana Cruz, investigadora postdoctoral en el Instituto Broad. "Estamos diciendo que la composición de tu microbioma es un factor que ahora sabemos que importa, y que en el futuro podría guiar decisiones terapéuticas más personalizadas."
Limitaciones: lo que aún no sabemos
La prudencia científica exige reconocer las limitaciones significativas de la evidencia actual.
La correlación sigue siendo más fuerte que la causalidad en humanos. Aunque los experimentos de trasplante fecal en ratones han establecido relaciones causales, los estudios en humanos son predominantemente observacionales. Los ensayos clínicos controlados con probióticos específicos muestran resultados prometedores pero inconsistentes, con tamaños de muestra modestos y períodos de seguimiento cortos.
La variabilidad interindividual es enorme. La composición del microbioma varía drásticamente entre personas, incluso entre individuos con dietas similares. Lo que funciona para una persona puede no funcionar para otra, un desafío que la medicina personalizada aún no ha resuelto.
La seguridad a largo plazo de la manipulación microbiana es desconocida. Modificar deliberadamente la composición del microbioma con probióticos o prebióticos puede tener consecuencias no deseadas que solo se manifestarían después de años de exposición continua.
La mayoría de la evidencia proviene de modelos animales. Los ratones germ-free son herramientas valiosas pero imperfectas. El microbioma humano es significativamente más complejo y diverso que el de un ratón, y los resultados preclínicos no siempre se traducen en beneficios clínicos.
Los mecanismos involucran múltiples vías simultáneamente. Los ácidos biliares, los SCFAs, el receptor FXR, el receptor TGR5, la enzima CYP7A1 y decenas de otros componentes interactúan en una red de señalización extraordinariamente compleja. Aislar el efecto de una sola bacteria o enzima en este contexto es extraordinariamente difícil.
"Estamos en los primeros capítulos de un libro que tiene cientos de páginas", advierte la doctora Fu. "Hemos identificado algunos de los personajes principales —SpiR, BSH, FXR— pero la trama completa aún está por escribirse."
El camino hacia la clínica: comparación con tratamientos existentes
La pregunta que más inquieta a los investigadores y a los médicos es: ¿cómo se comparan estos enfoques basados en el microbioma con los tratamientos disponibles?
Estatinas: Sigue siendo el estándar de oro, con una reducción del 30-50% en LDL-colesterol y una evidencia sólida de reducción de eventos cardiovasculares. Sin embargo, hasta un 20% de los pacientes son intolerantes, y la variabilidad en la respuesta sugiere que factores como el microbioma influyen en la eficacia.
Ezetimibe: Inhibe el transportador NPC1L1, reduciendo la absorción intestinal de colesterol en un 18-20%. El microbioma también regula NPC1L1 a través de los SCFAs y la modulación inmune, lo que sugiere una posible sinergia con intervenciones microbianas.
Secuestrantes de ácidos biliares: Vinculan los ácidos biliares en el intestino, forzando al hígado a usar más colesterol para producir nuevos ácidos biliares. Este mecanismo es esencialmente lo que las bacterias como B. intestinalis logran de forma natural al desviar los ácidos biliares hacia formas secundarias.
Probióticos: Un meta-análisis publicado en 2025 en Frontiers in Nutrition evaluó el efecto de los probióticos en pacientes con enfermedad coronaria y encontró que la monoterapia con probióticos logró reducciones significativas en LDL-colesterol, mientras que la terapia combinada (probióticos con vitamina D o selenio) fue más efectiva para elevar el HDL-colesterol. Los resultados son prometedores pero inconsistentes, y los autores enfatizan la necesidad de ensayos más grandes y homogéneos.
"Los probióticos no van a reemplazar a las estatinas a corto plazo", reconoce el doctor Kahrilas. "Pero podrían complementarlas, reducir las dosis necesarias y mejorar la tolerancia. Y para personas con dislipidemia moderada que aún no necesitan medicación, podrían ser una primera línea de intervención razonable."
¿Qué viene después?
El campo del microbioma y el metabolismo del colesterol se mueve a una velocidad vertiginosa. Varios desarrollos están en el horizonte:
Terapias dirigidas al microbioma: Empresas de biotecnología están desarrollando tratamientos que buscan enriquecer específicamente bacterias como Eubacterium coprostanoligenes (productoras de SpiR) o Bacteroides productoras de BSH, en lugar de administrar bacterias completas.
Diagnóstico basado en microbioma: La capacidad de SpiR para predecir con alta precisión la conversión de colesterol sugiere que, en el futuro, un análisis metagenómico de las heces podría determinar qué pacientes se beneficiarían más de probióticos, prebióticos o estatinas.
Fármacos dirigidos al FXR: Varios agonistas e antagonistas del FXR están en ensayos clínicos. El obeticholic acid (Ocaliva), ya aprobado para la colangitis biliar primaria, ha mostrado efectos sobre el metabolismo de los lípidos. Nuevos compuestos buscan activar el FXR de forma selectiva en el intestino o el hígado para optimizar los efectos metabólicos.
Combinaciones personalizadas: El futuro probable no será una terapia única sino combinaciones adaptadas al perfil microbiano de cada paciente: prebióticos para alimentar bacterias beneficiosas, probióticos para replenecer poblaciones deficientes y, cuando sea necesario, farmacología convencional como respaldo.
"El microbioma intestinal no va a curar la obesidad ni eliminar las enfermedades cardiovasculares por sí solo. Pero ha agregado una nueva dimensión a nuestra comprensión de estas enfermedades que no podemos ignorar. Cada paciente con colesterol elevado merece saber que su microbioma es parte de la ecuación." — Dra. Xiaofang Jiang, Instituto Nacional de Salud de EE.UU.
Conclusión
La historia del colesterol y las bacterias intestinales es, en el fondo, una historia sobre la complejidad del cuerpo humano. Lo que durante décadas se consideró un problema simple de "demasiado colesterol en la sangre" resulta ser el resultado de una danza extraordinariamente compleja entre genes, dieta, bacterias, ácidos biliares, receptores nucleares y enzimas microbianas.
Los descubrimientos de SpiR, de las capacidades metabólicas de B. intestinalis, del papel del receptor FXR y de los SCFAs no solo han ampliado nuestro conocimiento fundamental, sino que han abierto puertas terapéuticas que hace cinco años eran impensables. Aunque la translación clínica aún está en sus primeras etapas, la dirección es clara: el futuro del tratamiento del colesterol y la obesidad pasará por el intestino.
Para los pacientes, los médicos y las familias, el mensaje es tanto esperanzador como humilde: aún hay mucho que aprender. Pero por primera vez, la ciencia tiene las herramientas —metagenómica, metabolómica, edición genética y ensayos clínicos de nueva generación— para descifrar el lenguaje que las bacterias intestinales hablan con nuestro metabolismo.
Fuentes verificadas
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