El secreto para Prevenir cualquier enfermedad

La Dieta Paleolítica: Una forma antigua de comer para prevenir enfermedades modernas

Hoy en día, muchas personas —tanto adultos como niños— sufren enfermedades que no se contagian, pero que duran mucho tiempo y pueden empeorar con los años. Estas se llaman enfermedades crónicas no transmisibles, y entre ellas están las enfermedades del corazón, la diabetes tipo 2, la obesidad, la osteoporosis (que debilita los huesos), el síndrome metabólico y algunos tipos de cáncer. Estas enfermedades se han vuelto tan comunes que ya se consideran una “epidemia silenciosa”.

Ante este problema, surge una pregunta interesante: ¿y si la solución estuviera en cómo comían nuestros antepasados hace miles de años, cuando eran cazadores y recolectores?

Esta idea es el centro de un artículo científico publicado en 2010 en la revista Nutrire, titulado A dieta do paleolítico na prevenção de doenças crônicas (La dieta paleolítica en la prevención de enfermedades crónicas). Fue escrito por tres investigadoras: Maria Olganê Dantas Sabry, Maria Lúcia Barreto Sá y Helena Alves de Carvalho Sampaio. Ellas analizaron muchos estudios científicos para entender si la dieta que seguían los humanos en el Paleolítico —una época que comenzó hace 2,7 millones de años y terminó hace unos 10.000 años— podría ayudarnos hoy a prevenir esas enfermedades.

Durante el Paleolítico, las personas no vivían en ciudades ni cultivaban alimentos. Eran nómadas, es decir, se movían de un lugar a otro, y obtenían su comida cazando animales y recolectando plantas silvestres. Ese estilo de vida no solo definió cómo era su cuerpo, sino también qué tipo de alimentos les convenía comer. Según los científicos, nuestro cuerpo aún está “programado” para esa forma de alimentación, porque nuestros genes han cambiado muy poco en los últimos 10.000 años.

El interés moderno por esta dieta comenzó en los años 80 y 90, con investigadores como Eaton, Konner y Shostak. Ellos propusieron que nuestro cuerpo está “desfasado”: es decir, está hecho para una vida activa y una alimentación natural, pero hoy vivimos de forma sedentaria y comemos alimentos muy procesados, lo que genera problemas de salud.

¿Qué comían exactamente los humanos del Paleolítico? Los científicos han reconstruido su dieta usando evidencia arqueológica, como huesos antiguos, herramientas de caza y restos encontrados en sitios de excavación. Según eso, su alimentación era variada y dependía de la región, pero en general incluía:

  • Carne magra de animales salvajes (que tenían menos grasa saturada y más grasas saludables, como el omega-3),
  • Pescado,
  • Aves,
  • Huevos,
  • Frutas,
  • Verduras,
  • Raíces,
  • Tubérculos (como la yuca o la papa silvestre),
  • Y nueces.

Estos alimentos aportaban entre el 45% y el 65% de las calorías totales desde fuentes animales, y entre el 35% y el 45% desde fuentes vegetales, principalmente en forma de carbohidratos complejos (los que vienen de alimentos naturales, no de azúcar refinada). Además, comían mucha fibra: alrededor de 46 gramos al día, lo que es mucho más que las recomendaciones actuales de 20 a 35 gramos.

La dieta paleolítica también era rica en proteínas, que representaban entre el 30% y el 34% de la ingesta total de calorías. Las grasas estaban presentes en un 21% a 35% de la dieta, pero con un buen equilibrio entre dos tipos importantes: omega-6 y omega-3, en una proporción de 2 a 1, lo que es beneficioso para la salud. Además, consumían mucha potasio (más de 10.000 miligramos al día) y muy poca sal (menos de 1.000 miligramos de sodio al día).

Lo que no comían era muy importante también: no había cereales (como trigo, arroz o maíz), legumbres (como frijoles, lentejas o garbanzos), lácteos (leche, queso, yogur) ni alimentos procesados. Estos productos solo aparecieron después, con la Revolución Agrícola, hace unos 10.000 años. Desde entonces, la dieta humana cambió drásticamente: el consumo de azúcar refinada pasó del 2-3% de la dieta ancestral al 18% actual, y también aumentó mucho el consumo de sal y grasas saturadas. Estos cambios están relacionados con el aumento de enfermedades como la obesidad, los problemas de colesterol y la diabetes.

Aunque los humanos del Paleolítico no vivían tanto como nosotros (por falta de medicina moderna, accidentes, infecciones, etc.), los que llegaban a edades adultas eran generalmente altos, delgados y no sufrían las llamadas “enfermedades de la civilización”, como la diabetes, las enfermedades del corazón o ciertos cánceres. Algunos tenían caries o artritis leve, pero en general su salud ósea y metabólica era excelente. Esto se atribuye tanto a su actividad física constante como a su dieta, que era rica en sustancias protectoras como fitoquímicos, vitaminas y minerales.

Curiosamente, muchas de las recomendaciones actuales de salud coinciden con lo que comían nuestros antepasados. Por ejemplo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 2003, el Departamento de Salud de Estados Unidos en 2005 y el Ministerio de Salud de Brasil en 2006 recomiendan:

  • Limitar las grasas totales a un máximo del 30% de la dieta,
  • Comer al menos 400 gramos de frutas y verduras al día,
  • Reducir el consumo de azúcar y sal a menos de 5 gramos diarios.
  • Estas pautas son muy similares a lo que se observa en la dieta paleolítica.

Pero, ¿funciona esta dieta en la vida moderna? Las autoras del artículo revisaron algunos estudios pequeños que han probado la dieta paleolítica en personas actuales. Aunque estos estudios tienen limitaciones (porque involucran pocos participantes y duran poco tiempo), los resultados son prometedores.

Por ejemplo, en un estudio de Lindeberg y otros en 2007, personas con diabetes o con dificultad para procesar el azúcar (intolerancia a la glucosa) siguieron una dieta paleolítica durante 12 semanas. Al final, su capacidad para manejar el azúcar en la sangre mejoró más que la de otro grupo que siguió una dieta mediterránea tradicional. Esto sugiere que los cereales y los lácteos podrían no ser los mejores alimentos para estas personas.

En otro estudio, realizado por Osterdahl y otros en 2008, personas sanas siguieron una dieta paleolítica durante solo tres semanas. Al terminar, habían perdido en promedio 2,3 kilos de peso, su índice de masa corporal (IMC) bajó 0,8 puntos, su cintura se redujo 0,5 centímetros y su presión arterial sistólica (la presión alta) disminuyó 3 mmHg. Además, aumentaron sus niveles de antioxidantes (sustancias que protegen el cuerpo) y mejoró su equilibrio entre sodio y potasio.

También hay un estudio de Cordain en 2002, en el que se creó un menú moderno basado en 20 alimentos típicos de la dieta paleolítica. Ese menú proporcionaba 42,5 gramos de fibra al día, una proporción muy saludable de omega-3 a omega-6 (1,5 a 1), y cubría más del 100% de las necesidades diarias de la mayoría de las vitaminas y minerales. La única excepción fue el calcio, que solo alcanzaba el 69% de lo recomendado.

Sin embargo, las autoras del artículo advierten que no todo es perfecto. La dieta paleolítica tiene algunos riesgos. Por ejemplo, al no incluir lácteos, puede faltar calcio, lo que podría debilitar los huesos con el tiempo. Además, las carnes de buena calidad y los alimentos frescos pueden ser caros, lo que hace difícil seguir esta dieta para muchas personas. También se observa un consumo alto de colesterol (entre 461 y 559 miligramos al día), lo que podría ser un problema para algunas personas.

Comparada con la dieta mediterránea —que sí incluye cereales integrales y lácteos—, la dieta paleolítica es más simple y está más alineada con cómo evolucionó nuestro cuerpo. Pero para aplicarla hoy, se necesitan adaptaciones, como tomar suplementos de calcio o incluir fuentes vegetales ricas en calcio, como ciertas hojas verdes.

En conclusión, este análisis no solo rescata una forma antigua de comer, sino que nos invita a reflexionar: la dieta paleolítica, al basarse en alimentos naturales y no procesados, tiene un potencial real para ayudar a prevenir las enfermedades crónicas no transmisibles. Hay evidencia científica emergente que respalda esta idea. Pero, como enfatizan Sabry y sus colegas, si alguien quiere probar esta dieta, debe hacerlo con la guía de un profesional de la salud. Además, se necesitan estudios más grandes y prolongados para confirmar si realmente es efectiva y accesible para todos.

Este enfoque nos recuerda algo importante: a veces, para mejorar nuestra salud hoy, basta con mirar hacia el pasado y aprender de cómo vivían nuestros antepasados.

Si deseas conocer más, puedes consultar el artículo original ACÁ

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